lunes, 7 de abril de 2008

Cejas

He sobrevolado el mundo ceñido a tu cuerpo. En un abrazo. Sobre mi cama.
He sentido el viento pegarme en la cara y el estómago caliente. Imagino entonces tu cara, tus ojos cerrados y una sonrisa leve dibujada en tu rostro, ese rostro donde brincan dos cejas perfectamente delineadas que se mueven al ritmo de tus muecas.

A veces, por las noches, las cejas se desprenden de tu cara tomando vida, vienen conmigo, las admiro. Se meten a mi cama, y se acomodan bajo mi brazo izquierdo para dormir con una pequeña señal de satisfacción en su rostro de ceja.
Cuando creen que estoy profundamente dormido, ellas despiertan, avanzan hacia mi pecho y comienzan a cavar un agujero justo encima del corazón. Escarban. Al ingresar, una después de la otra se dejan caer sobre esa bolsa de sangre que late inexplicablemente al unísono con la que tú llevas también. Una vez sobre la superficie, tratan de meterse, se abalanzan contra la pared llena de líquido rojo. Lo logran. Es ahí donde son felices, donde duermen tranquilas, donde mi corazón les cuenta un cuento de sonidos llenos de emociones. Entonces, ellas, como yo, sueñan con tu rostro. Ahí escuchan de él.
Cuando despiertan, corren apuradas para salir de mí y emprender el camino de regreso a tu cara, donde pertenecen.
Si un día despiertas en la madrugada y te descubres sin cejas, no te preocupes, están conmigo.
He sobrevolado el mundo con tus cejas en mi corazón. En un sueño. Sobre mi cama.