lunes, 7 de abril de 2008

Cejas

He sobrevolado el mundo ceñido a tu cuerpo. En un abrazo. Sobre mi cama.
He sentido el viento pegarme en la cara y el estómago caliente. Imagino entonces tu cara, tus ojos cerrados y una sonrisa leve dibujada en tu rostro, ese rostro donde brincan dos cejas perfectamente delineadas que se mueven al ritmo de tus muecas.

A veces, por las noches, las cejas se desprenden de tu cara tomando vida, vienen conmigo, las admiro. Se meten a mi cama, y se acomodan bajo mi brazo izquierdo para dormir con una pequeña señal de satisfacción en su rostro de ceja.
Cuando creen que estoy profundamente dormido, ellas despiertan, avanzan hacia mi pecho y comienzan a cavar un agujero justo encima del corazón. Escarban. Al ingresar, una después de la otra se dejan caer sobre esa bolsa de sangre que late inexplicablemente al unísono con la que tú llevas también. Una vez sobre la superficie, tratan de meterse, se abalanzan contra la pared llena de líquido rojo. Lo logran. Es ahí donde son felices, donde duermen tranquilas, donde mi corazón les cuenta un cuento de sonidos llenos de emociones. Entonces, ellas, como yo, sueñan con tu rostro. Ahí escuchan de él.
Cuando despiertan, corren apuradas para salir de mí y emprender el camino de regreso a tu cara, donde pertenecen.
Si un día despiertas en la madrugada y te descubres sin cejas, no te preocupes, están conmigo.
He sobrevolado el mundo con tus cejas en mi corazón. En un sueño. Sobre mi cama.

viernes, 7 de marzo de 2008

Una Noche cualquiera

Y es que, ¿cómo reaccionar ante eso que se veía tras la ventana? ¿con un grito? No. Mejor me quedé callado, me tallé los ojos para verificar si aquéllo era cierto. En un primer momento ví el movimiento, la figura, la sombra al contraluz, sus patas y los pequeños pelos que penden de ellas. Entonces pensé que estaba demasiado cansado y que todo era una ilusión salida de mi estrés semanal, de mis ojeras, resultado del insomnio, de dos días sin dormir.

Esa noche, como muchas más, veía el techo de mi recámara incansablemente, pensando cómo resolver mis problemas mundanos, tratando de tomar la mejor opción para la siguiente operación laboral, regañándome por alimentarme mal, por no dormir, por las largas desveladas, en por qué tendría yo el defecto de tener una pierna más larga que la otra, en la última película que había visto hacía dos horas atrás, en fin, en lo que pensaba a diario. Ya eran las dos y media de la mañana y yo apenas comenzaba el segundo acto de mi obra mental, cuando repentinamente la lluvia comenzó y las gotas que escurrían en mi ventana, que está frente a mi cama, parecían lágrimas enormes que casi caían hasta el suelo.

Después de pensar por última vez si había cerrado bien la puerta de entrada de la casa, escuché ese característico sonido de cuando algo hace retoque en el cristal, como dedos desesperados que lo golpean levemente. Los escuché de tres en tres, como si una mano avanzara por el mismo. Así fue cuando noté su presencia.

Avanzó de arriba hacia abajo por el centro con sus grandes patas, yo me encogí de hombros y pensaba en huír, pero la curiosidad de cómo tan extraño arácnido gigante había llegado hasta la ventana de mi cuarto me intrigaba y decidí quedarme a ver qué pasaba, a fin de cuentas, estaba la criatura del otro lado y no podía hacerme nada.
Fue ahí cuando por primera vez ví sus ojos rojos y brillantes, eran muchos, grandes y redondos, como burbujas de sangre que se movían independientemente. La preocupación comenzó cuando, en cuestión de segundos, notaron mi presencia y dirigieron su mirada hacia mí. Me helé en un instante, quedé petrificado al imaginar que aquél monstruo pudiera tener conciencia de que tenía compañía justo del otro lado de esa maldita ventana sin cortina, qué va, ¡sin maldita cortina!! tal vez de haberla tenido cubierta nada de esto que estoy contando hubiera pasado.

Cuando vi sus dientes, las tenazas a cada lado de su boca y las encías viscosas y blanquizcas comencé a pensar en la escapatoria, ya que después de que me vió, la monstruosidad esa se alteró, las tenazas abrían y cerraban, babeaba. El cristal fue estrellándose, rasgándose lentamente como una capa de hielo que obedecía a los golpes propinados por sus fuertes patas. Yo tomé del clóset un pantalón, una sudadera e intentaba ponerme unos tenis para salir corriendo, cuando unas de sus patas perforó por completo la ventana y ahora ya se abalanzaba con su cuerpo y cabeza para poder entrar.

Cerré la puerta del cuarto y bajé corriendo las escaleras para salir a la calle, pero no pude abrir la puerta, por primera vez había recordado cerrarla con la chapa de seguridad, ¡y que día para hacerlo carajo!-pensé- la pateé pero no pude abrirla, así que subí rápidamente para encontrar las llaves. A media escalera supe que las había dejado en la recámara y justo ahora el animal ya se encontraba pegándole a la puerta de la misma intentando salir. Se me ocurrió llamar a un amigo, pero dada la hora, no me contestó, marqué también el número de emergencias pero me tildaron, primero de bromista y después de loco.

El cuerpo peludo ya estaba pasando por la puerta y en instantes me encontraría a su alcance, corrí hacia el ventanal de la sala, pero como está en un segundo piso no me atreví a saltar, dí media vuelta y entonces la ví, nos enfrentamos cara a cara, sus ojos seguían fíjamente los cautelosos movimientos de mis manos que ya trataban de encontrar algo para golpearla, las tenazas seguían abriendo y cerrando, y ya de cerca, me percaté que su saliva era una sustancia verde que desprendía humo al caer al piso, sentí pavor. Pasaban muchas cosas por mi cabeza, primero, pensé en que mi muerte a manos (o patas) de esta criatura era algo que jamás habría imaginado como mi final. Sí. Daba por sentado que me mataría -siempre pensar en lo peor es bueno, porque así, si todo sale mal ya te habías hecho a la idea y si no, pues ese pequeño momento de alivio o felicidad se disfruta más- en fin, luego, se me ocurrió, que lo mejor sería correr y aventarme al aire con un brinco para tratar de librarla y poder llegar a la cocina para subir al cuarto de servicio y posteriormente salir a la azotea.

Al sentir el viento frío de la madrugada y al chocar con un alambre cruzado que iba unos dos metros en diagonal, del suelo de la azotea a la parte superior de una arcaica antena de recepción de t.v., supe que la idea de llegar hasta aquí había sido una completa idiotez, no tenía -ahora sí- escapatoria alguna. Hacia el frente, estaba la banqueta unos 3 metros y medio abajo, hacia atrás otro tramo de azotea que se resumía en más alambres y tinacos, donde mi peluda amiga no tendría dificultad de alcanzarme, al este (viendo hacia el frente), un suelo lleno de piedras pequeñas propiedad de un taller mecánico y al oeste la cochera de mi vecino. Así que la única opción viable era regresar por la puerta que había salido, lamentablemente esa cosa tan fea no se movía de ahí, como si supiera también que esa era mi única alternativa.

Al momento de aventarme sentí una especie de liberación, y es que, sabía que mi único destino seguro era la muerte, el impactarme contra el piso terminaría con cualquier esperanza, al menos de caminar. Dí un salto para librar el pequeño borde levantado y cuando ya estaba suspendido en el aire, sentí como una especia de liga pegajosa me rodeó y me dió un estirón -como esos que han de sentir las vaquillas o becerros, cuando un vaquero las atrapa con su riata en alguna suerte de rodeo- así, pues, estaba ya la mitad de mi cuerpo dentro de su boca. No puedo decir que sentía dolor, pero casi llegando al cuello comenzó un escozor tremendo, así que grité y grité, hasta que un líquido fétido terminó por ahogar los lamentos, entonces, cerré los ojos.

Cuál va siendo mi sorpresa cuando recobré la conciencia...un cielo completamente estrellado y una extraña neblina verde que, por raro que parezca, me hacía sentir una enorme tranquilidad. Tal vez, después de todo, sería mejor vivir acá dentro y esperar a que alguien llegue, de cualquier forma, afuera estaba haciendo lo mismo.

lunes, 4 de febrero de 2008

Juego

Siempre ha pasado lo mismo, llega el momento y nada. No me atrevo. Es a veces obvio el interés y la cortesía, las miradas y las charlas, algunos comentarios y las depedidas con esperanzas de que pase algo, siempre formulando otra frase o diciendo adiós sin retirarse. Es un juego divertido.

-La verdad es que justo ahora no podría manejar.
-Tienes razón, los temas vuelan por los aires y en este estado creo que la distracción gana.
-Sí, vuelan y pasan como una parvada descompuesta de papeles con títulos de conversaciones elegidas al azar.
-Con la primera oración, para de ahí seguir, sólo que en medio del tema tendemos a tomar otro-y sonrió.
-Entonces creo que lo mejor es esperar un rato para poder ir ¿no crees?
-Sí, será lo mejor-contesté mientras pensaba en las pequeñas muecas y el desvío de su mirada cuando trataba de recordar de qué estábamos hablando.
-¿Qué te estaba diciendo?
-No recuerdo-en serio que no podía.
-Ah sí, pues te digo que me pasan cosas súper extrañas.
-Sí, de hecho no es nada común eso de que te caiga un foco así, de la nada.
-Además el otro día...
Y me perdí observando otra vez sus muecas y sus ademanes. Alcanzaba a percibir el tono de voz y su pausado estilo de charla. Me esforzaba por poner atención a la anécdota pero no lo logré. Sólo pensaba en decir lo que yo ya tenía planeado. ¿Lo diré ahora?-me preguntaba a cada momento-Está bien, termina esta frase y le comento...
-Entonces, estuvo súper loco, no sé, en serio que tengo como imán para esas cosas.
-Sí oye, eso está muy, muy extraño-y reí un poco, entendiendo a medias el asunto.
-En fin, ya me tengo que ir, todavía tengo que llegar a hacer algunas cosas.
-Sí, yo también tengo que terminar una presentación-le decía mientras ya me desesperaba el asunto de haberla visto varios días sin decirle nada todavía. Tengo que hacerlo ahora... trataba de obligarme. Y en verdad que estuve a punto.
-Sí, además este fin fue pesadito, no sé, raro.
-Es verdad, como que todos los días se revolvieron y el domigo parece más lunes que el sábado...-dícelo ahora tonto-me repetía.
-Ahora sí, ya me voy.
-Está bien, te acompaño-ya, por favor, vence al nervio. Ya se marcha y tú sigues aquí con las ganas y sin atreverte, es necesario que ya dejes la cosas claras.
-Bueno, pues hablamos en la semana y hacemos algo el fin.
La escuchaba decir eso y sentía desvanecer la oportunidad.
-Está bien, pues esta semana será pesada, pero sí nos vemos ya por el viernes-trataba de hacer tiempo.
-Bueno, nos vemos-y se acercó para la despedida.
-Que te vaya bien, que sea leve tu semana.
-Sí, gracias, porque en serio que entre semana no tengo tiempo de nada.
Y regresó para hacer otros dos o tres comentarios, seguidos de otros míos, lo que de algún modo corrobora la espera de algo, de una frase directa, de abalanzarse sin pensarlo directo a sus...
-Okey, te veo entonces.
-Sale pues, bai.
No pasa nada, seguimos aquí-pensé-y caminé de regreso sintiéndome un poco derrotado pero contento al mismo tiempo, les digo, es un juego divertido.

sábado, 12 de enero de 2008

tomando y llevando

My bones keep breaking
Tearing me away from the quiet
the silence of my soul, and my soul from the quiet...
y vas a hacer lo que se te antoje sin remedio alguno, yo mismo voy a estar ahí cuando suceda.
Te entregaré tal y como estás, mal, muy mal, sumido en un agujero negro, sin retorno e incontrolable.
Y es que ahora me doy cuenta de lo que no estuve, ¿cómo asistir?
¿cómo llevar la relación con decoro? Simplemente no se puede. Así tú quieras mejorar, participar, preocuparte (mientras más grande más tormento hay), lanzar una mirada o algo, hacer putas algo, algo que pudiera marcar mi paso siguiente....

jueves, 3 de enero de 2008

¿Cuarto?

Ahora todo se resuelve con frases cortas. Frases que dicen mucho pero que no se disfrutan de ninguna manera, ¿por qué? Porque no hay charla, ni fondo, ni suelo, sólo resoluciones que te ponen en un lugar distinto al de antes, lejano, distante. Te colocan en un cuarto oscuro donde no puedes ver qué viene, es más, ni siquiera alcanzas a atinar si en verdad eso es un cuarto, podría ser un camino, el borde de un precipicio, un elefante o un puto dedo gordo, qué se yo!

Tan fácil sería irse ¿no? No obligar a los oídos a escuchar las cosas que la gente no dice, pero que sabes que piensan y que llegará el momento en que las dirán, y cuando pase, ya las escuchará el alma. Es justo ahí cuando se pierde un poco de ella, cuando concluyes que definitivamente estás pisando un punto y aparte.