Y es que, ¿cómo reaccionar ante eso que se veía tras la ventana? ¿con un grito? No. Mejor me quedé callado, me tallé los ojos para verificar si aquéllo era cierto. En un primer momento ví el movimiento, la figura, la sombra al contraluz, sus patas y los pequeños pelos que penden de ellas. Entonces pensé que estaba demasiado cansado y que todo era una ilusión salida de mi estrés semanal, de mis ojeras, resultado del insomnio, de dos días sin dormir.
Esa noche, como muchas más, veía el techo de mi recámara incansablemente, pensando cómo resolver mis problemas mundanos, tratando de tomar la mejor opción para la siguiente operación laboral, regañándome por alimentarme mal, por no dormir, por las largas desveladas, en por qué tendría yo el defecto de tener una pierna más larga que la otra, en la última película que había visto hacía dos horas atrás, en fin, en lo que pensaba a diario. Ya eran las dos y media de la mañana y yo apenas comenzaba el segundo acto de mi obra mental, cuando repentinamente la lluvia comenzó y las gotas que escurrían en mi ventana, que está frente a mi cama, parecían lágrimas enormes que casi caían hasta el suelo.
Después de pensar por última vez si había cerrado bien la puerta de entrada de la casa, escuché ese característico sonido de cuando algo hace retoque en el cristal, como dedos desesperados que lo golpean levemente. Los escuché de tres en tres, como si una mano avanzara por el mismo. Así fue cuando noté su presencia.
Avanzó de arriba hacia abajo por el centro con sus grandes patas, yo me encogí de hombros y pensaba en huír, pero la curiosidad de cómo tan extraño arácnido gigante había llegado hasta la ventana de mi cuarto me intrigaba y decidí quedarme a ver qué pasaba, a fin de cuentas, estaba la criatura del otro lado y no podía hacerme nada.
Fue ahí cuando por primera vez ví sus ojos rojos y brillantes, eran muchos, grandes y redondos, como burbujas de sangre que se movían independientemente. La preocupación comenzó cuando, en cuestión de segundos, notaron mi presencia y dirigieron su mirada hacia mí. Me helé en un instante, quedé petrificado al imaginar que aquél monstruo pudiera tener conciencia de que tenía compañía justo del otro lado de esa maldita ventana sin cortina, qué va, ¡sin maldita cortina!! tal vez de haberla tenido cubierta nada de esto que estoy contando hubiera pasado.
Cuando vi sus dientes, las tenazas a cada lado de su boca y las encías viscosas y blanquizcas comencé a pensar en la escapatoria, ya que después de que me vió, la monstruosidad esa se alteró, las tenazas abrían y cerraban, babeaba. El cristal fue estrellándose, rasgándose lentamente como una capa de hielo que obedecía a los golpes propinados por sus fuertes patas. Yo tomé del clóset un pantalón, una sudadera e intentaba ponerme unos tenis para salir corriendo, cuando unas de sus patas perforó por completo la ventana y ahora ya se abalanzaba con su cuerpo y cabeza para poder entrar.
Cerré la puerta del cuarto y bajé corriendo las escaleras para salir a la calle, pero no pude abrir la puerta, por primera vez había recordado cerrarla con la chapa de seguridad, ¡y que día para hacerlo carajo!-pensé- la pateé pero no pude abrirla, así que subí rápidamente para encontrar las llaves. A media escalera supe que las había dejado en la recámara y justo ahora el animal ya se encontraba pegándole a la puerta de la misma intentando salir. Se me ocurrió llamar a un amigo, pero dada la hora, no me contestó, marqué también el número de emergencias pero me tildaron, primero de bromista y después de loco.
El cuerpo peludo ya estaba pasando por la puerta y en instantes me encontraría a su alcance, corrí hacia el ventanal de la sala, pero como está en un segundo piso no me atreví a saltar, dí media vuelta y entonces la ví, nos enfrentamos cara a cara, sus ojos seguían fíjamente los cautelosos movimientos de mis manos que ya trataban de encontrar algo para golpearla, las tenazas seguían abriendo y cerrando, y ya de cerca, me percaté que su saliva era una sustancia verde que desprendía humo al caer al piso, sentí pavor. Pasaban muchas cosas por mi cabeza, primero, pensé en que mi muerte a manos (o patas) de esta criatura era algo que jamás habría imaginado como mi final. Sí. Daba por sentado que me mataría -siempre pensar en lo peor es bueno, porque así, si todo sale mal ya te habías hecho a la idea y si no, pues ese pequeño momento de alivio o felicidad se disfruta más- en fin, luego, se me ocurrió, que lo mejor sería correr y aventarme al aire con un brinco para tratar de librarla y poder llegar a la cocina para subir al cuarto de servicio y posteriormente salir a la azotea.
Al sentir el viento frío de la madrugada y al chocar con un alambre cruzado que iba unos dos metros en diagonal, del suelo de la azotea a la parte superior de una arcaica antena de recepción de t.v., supe que la idea de llegar hasta aquí había sido una completa idiotez, no tenía -ahora sí- escapatoria alguna. Hacia el frente, estaba la banqueta unos 3 metros y medio abajo, hacia atrás otro tramo de azotea que se resumía en más alambres y tinacos, donde mi peluda amiga no tendría dificultad de alcanzarme, al este (viendo hacia el frente), un suelo lleno de piedras pequeñas propiedad de un taller mecánico y al oeste la cochera de mi vecino. Así que la única opción viable era regresar por la puerta que había salido, lamentablemente esa cosa tan fea no se movía de ahí, como si supiera también que esa era mi única alternativa.
Al momento de aventarme sentí una especie de liberación, y es que, sabía que mi único destino seguro era la muerte, el impactarme contra el piso terminaría con cualquier esperanza, al menos de caminar. Dí un salto para librar el pequeño borde levantado y cuando ya estaba suspendido en el aire, sentí como una especia de liga pegajosa me rodeó y me dió un estirón -como esos que han de sentir las vaquillas o becerros, cuando un vaquero las atrapa con su riata en alguna suerte de rodeo- así, pues, estaba ya la mitad de mi cuerpo dentro de su boca. No puedo decir que sentía dolor, pero casi llegando al cuello comenzó un escozor tremendo, así que grité y grité, hasta que un líquido fétido terminó por ahogar los lamentos, entonces, cerré los ojos.
Cuál va siendo mi sorpresa cuando recobré la conciencia...un cielo completamente estrellado y una extraña neblina verde que, por raro que parezca, me hacía sentir una enorme tranquilidad. Tal vez, después de todo, sería mejor vivir acá dentro y esperar a que alguien llegue, de cualquier forma, afuera estaba haciendo lo mismo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
Me gustó muchísimo! me gusta mucho cómo escribes Mendo!!... me gustan tus analogías y tus trips...
Te mando saludos!!
El mesabanco.
Publicar un comentario